Los españoles se despiden de Adolfo Suárez

Hacía frío esta mañana cuando comenzó a tejerse la cola de gente procedente de todas partes dispuesta a esperar para dar su último adiós a Adolfo Suárez. Nadie discutía el orden previsto, nadie resoplaba al valorar la magnitud de la espera. La gente se iba sumando con tranquilidad, predispuesta a esperar lo que hiciera falta para rendir su tributo personal al primer presidente de la democracia española. Por tanto. Por todo.

Había en el aire mucho respeto y cariño. Un sentimiento generalizado de deuda hacia el primer presidente demócrata de nuestra historia reciente. Un político valiente, comprometido, dialogante y honrado al que nunca se le ofreció en vida un homenaje a la altura  de la magnitud de sus esfuerzos.

Los españoles aprendimos a convivir como quien aprende a caminar de la mano de su liderazgo político. Su estilo personal, su voluntad negociadora y su visión política armaron los mimbres de la España moderna en la que vivimos, aún con todas las dificultades del mundo. No fue únicamente mérito de él, pero sí lo fue el que fuera el primero en liderar el proceso de reforma democrática tras una dictadura de cuarenta años.

Finalmente le dejaron solo sus correligionarios y también los ciudadanos. Había que cambiar. Y cambiar formaba parte de las reglas del juego que el mismo había instaurado. Después, siendo ya ex presidente, Adolfo Suárez sufrió el dolor por la enfermedad y posterior muerte de su mujer Amparo y de su hija Marian. Los ciudadanos vimos su dolor y le acompañamos en su duelo como si de un familiar se tratara. Se incorporó al álbum público familiar de todos los españoles, pero paralelamente se soslayó su tarea política. Su tarea cayó en el olvido unas veces, y otras se convirtió en un símbolo manoseado hasta la nausea. El foco finalmente se centró en el Alzheimer que padecía, una vez que se hizo evidente en aquel infame intento de utilización política que promovió el PP de Aznar, y que aceptó su hijo Adolfo cuando ya enfermo participó en un mitin de apoyo a su candidatura. Fue su última aparición pública.

Desde entonces, su hijo Adolfo, -siempre su hijo Adolfo-,  se encargaba de mantener viva su memoria explicando como su padre, Adolfo Suárez, el expresidente del Gobierno, iba perdiendo progresivamente la memoria y ya no recordaba quién había sido, o cómo respondía sonriendo al afecto que le prodigaban sus hijos y sus nietos.

Y de pronto, cuando el pasado viernes Adolfo Suárez Illana anunció que su padre llegaba al final de sus días, la memoria volvió de golpe al corazón de los españoles. Y no por la avalancha de informaciones y reportajes glosando su figura aun cuando todavía se mantenía con vida. Más bien con un sentimiento de sereno reconocimiento y afecto por el que no importa esperar lo que haga falta. El sentimiento de estar en deuda con él era evidente en la cola que daba la vuelta al Congreso de los Diputados.

En los próximos días tendrán lugar el entierro en la catedral de Avila y el funeral de Estado en la catedral de la Almudena de Madrid.

 

 

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