forastera

Forastera en vagón salón y otras cosas

La primera vez que oí que se podía fumar en los bares rechisté. La gente ya no podría tomarse el café con el ansiado cigarro y claro, no es lo mismo. En mi caso, no lo consumo, de hecho, detesto esa bomba pestilente y negruzca, pero simplemente vivo de eso. Sin embargo, cuando descubrí que la hostelería y el ocio seguía vivo en los países vecinos,  pese a cohibir el vicio, me dije, “jamás tendré que lavar un jersey por entrar y salir a un bar en menos de media copa de vodka”.

Sin embargo, una amiga, amante de esa mezcla peor que los mentos con coca cola, siempre repetía, “y yo jamás entenderé porque está prohibido fumar en los bares y no que un niño llore en tales establecimientos , a mi me molesta mucho más el llanto incesante que la nicotina en humo”.  Inmediatamente pensé que su pensamiento se sostenía con consistente lógica, los llantos son desagradables por muy hijo del rey que sea,  pero supuse que estas cosas deben ser para obligarnos a no ningunear la calidad moral del mundo. Ahora bien,  pónganse en situación.

Entré a un vagón de 6 asientos y me encontré a 7 personas haciendo vida privada en un tren público. Eludan el sexo, eran todos familia y dudo que la religión que manifestaban les permitiera el incesto. Me senté en el sitio de uno de los niños que debía no estar conforme con ninguno de los asientos, pues los invadía todos. Me miraron como a un forastero que no ha sido invitado a la cena de noche buena, y sonreí respetuosamente de la mejor manera que pude. ¡Cojones, me había metido en su propio salón con maletas incluidas!.

Coloque las mochilas torpemente y puse la música hasta que los tímpanos se pusieron en huelga de claves de soles. Entonces, y sin otra escapatoria, decidí observar el panorama,  pensé que no estaría mal un poco de costumbres ajenas inesperadas. Pero ese incondicional del “no estaría mal”  empezó a ser bastante utópico. El más pequeño de la familia comenzó a llorarme al oído, la abuela se descalzó, el niño me pisaba los pies, que llegó a pedirme más de doce disculpas, el muy mono. Y la prima, sobrina, hermana o lo que fuese, cantaba una especie de Chayanne en marroquí, árabe o algo así. No me pidan más, tampoco sabría distinguir a un japonés de un chino, soy una europea más.

Me repetía continuamente, “chica, a liberar a todas esas endorfinas que el otro día no dejaste salir”, pero me rendí ante la impaciencia y salí del salón de aquella familia. Cuando volví estaban comiendo y terminaron cuando  llenaron toda la basura de envases de plástico. Al ver el panorama, la segunda adulta de la familia me pidió disculpas en italiano, y me contó que llevaban muchos días de viaje, que su madre, la señora con los pies descalzos sobre el sillón de enfrente, era muy mayor, y que se encontraban realmente agotados.

Lo entendí, además, una parte de mi cerebro y yo acordamos  que jamás seríamos como el gordo con bigote que vivía en la plaza grande de mi barrio, aquel que sólo vivía para colgar carteles de prohibido jugar al balón.  Le dije que no se preocupara y  volví a sonreír como si los llantos de su hijo fueran la quinta sinfonía. ¿Qué culpa tendría esa mujer? De verdad que ponía empeño para ver al que tenía entre sus brazos soñar, y yo no era más que una chica que lo único que tenía que cargar consigo era una maleta llena de ropa para no pasar frío.

Después de comer y dar el racionamiento de leche al pequeño, comenzó la gloria. Todos a dormir, salvo el rey de todas las butacas caliente. A ese no se le resistía ni un buen atracón a leche con fruta. Así que, como es habitual en niños a los que les gusta tocar los huevos, te lo digo yo, que de no ser porque en el 2000  no estaban de moda los masters me habría sacado sacado unos cuantos, comenzó a imitar ronquidos de esos que ni una tirita horizontal en la nariz, ni unos buenos tapones de cera podrían  insonorizar. Y voile! de repente pedos y todas las onomatopeyas mundiales!. Y voile! toda la familia despertó como sí se tratara de un gallo o como lo que era, un niño que quería ganarle el pulso al rollo de dormir y necesitaba un gran ejército para montarse en la feria del entretenimiento. El problema es que su madre no había podido beber tanto batido de frutas como él para almacenar algo de energía.

El niño cambió los ronquidos por los eructos, y yo decidí emplear la filosofía de unirme al enemigo al no  poder con él. Probé a jugar con él, pero el muy mono solo reía. Incluso  llegué a escuchar un pedo, que de haber sido  oriental, medio que no me habría hecho gracia, pero esta vez fue mi risa la que despertó al bebé. Llámenme simple, pero con un pedo usted se ríe.

De repente llegué a mi destino, recogí todo lo rápido que pude, (todos los abrigos al suelo).  Cuando salí miré a la familia y aprovechando que dormían los fotografié , con esto no incito a consumir más cigarros,o que la persona que lleve un carricoche sea vetada de cualquier zona, ni si quiera sé porque escribo esto, pero cuando salí de ahí me dije, al mal tiempo, buena cara, tan buena que me habría gustado despedirme de ellos. 

Publicado por

E. Sánchez

Adicta a salir de la zona de confort y un tanto obsesionada con contar qué eso y por qué está ahí.

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